Desde épocas primitivas, el ulular de los bosques ha resonado con una acústica de leyenda, y su frondosidad se ha percibido como una alegoría de la espiritualidad humana.
Las almas y los árboles han conformado un binomio donde tenían cabida tanto la noción de lo sagrado, con la Naturaleza concebida como templo, como el temor a lo desconocido, a cuanto de espesura o de recóndito albergaban nuestros corazones.
Con este desdoblamiento de refugio y amenaza, de territorio fértil en desnudar verdades y urdir mitos, los bosques han perdurado como una geografía revisitada una y otra vez por la creación artística. El tiempo ha incorporado a esta atracción nuevos matices: cuando las ciudades se han erigido en espacios hostiles donde el individuo sufre la orfandad emocional, o cuando el progreso ha aniquilado la armonía originaria entre los pueblos y el hábitat, centrar la mirada en estos parajes entraña la paradoja de ser, a la vez, denuncia y necesidad de escapismo.
Que un pintor como Antonio Hermán explore este ecosistema viene a ser, sin duda, una escala coherente con su trayectoria preliminar. Acorde, en primer lugar, con su búsqueda formal, donde las composiciones logran a través del acrílico una poderosa expresividad cromática y el paisaje irrumpe en el lienzo en reveladores estallidos de color. Y, del mismo modo, resulta consecuente con las constantes temáticas que hasta ahora ha desplegado su producción artística: una sugestiva propensión a la magia que parte de referentes reales; el diálogo, luminoso e imprevisible, del espíritu y el entorno.
Ahondando en la vertiente anímica, Hermán ha incluido los componentes más insospechados. La fauna marina, el agua o la ciudad (la selva urbana) asoman aquí como ramajes de esta personal (y otra vez agraciada por el hálito de lo sobrenatural, lo asombroso) biosfera. De acuerdo con una definición de la Real Academia, un bosque también es “abundancia desordenada de alguna cosa; confusión, cuestión intrincada”. La vida, el amor y la vegetación confluyen en eso: en su exuberancia, su complejidad, sus enigmas. La naturaleza entendida como germen de un mundo compartido por todos, pero también como fondeadero en el que anclar nuestro pasado, nuestros recuerdos, como reflejo de nuestras propias vicisitudes. No sabemos cuántas nostalgias esconde bajo la densidad de su follaje una encina. Ni qué fragilidad indujo a su autor a bosquejar unos árboles de agua. No hay respuestas en los trabajos de Hermán: las figuras humanas con que nos topamos aparecen desdibujadas, una sensación de incertidumbre gravita sobre ellas y, pese al esplendor de sus alrededores, se antojan fragmentos que no saben encajarse en el puzzle.
Y, aunque prolongan inquietudes ya mostradas anteriormente, estos bosques ponen de manifiesto una evolución en el pensamiento del pintor cordobés. Hace unos años, mientras Hermán exponía en Córdoba, se habló de su rechazo a la emotividad. Ahora, no obstante, el autor no tiene miedo (siempre en unos parámetros comedidos) de hacer un ejercicio de introspección y expresar sus afectos, su adhesión a la vida. Quizás Hermán sepa que, además de repoblar las superficies verdes, habría que replantar la semilla de una vieja concordia que la modernidad también está talando.

Braulio Ortiz Poole